Veras.
Tengo dos hijos.
Niño y niña.
La parejita.
Hoy te voy a hablar del mayor, del niño.
De la niña otro día,
que también tiene lo suyo.
Esto es lo que me ha soltado.
“Me aburro en el cole”
“No me gustan las mates”
“¿Para qué me va a servir esto?”
Bueno, no me sorprende.
A su edad yo pensaba lo mismo.
Como adulto y padre, sé lo que tengo que decir:
Tienes toda la razón hijo… en todo
¿Contarle milongas tipo “cuando seas mayor vas a necesitar saber esto y lo otro”,
“tus amigos también van al colegio y lo pasarás bien”,
“si no estudias no encontrarás un buen trabajo”?
Lo dicho: milongas.
A ver…
Que todo eso es cierto, pero a él ni le interesa ni le motiva.
Así que después de darle la razón, le pregunto.
¿Y ahora qué hacemos con esto?»
¿Te saco del cole? ¿Pasas de mates? ¿Te buscas un trabajo?
Puede que el cole no le guste, pero tonto no es.
Tiene todas las respuestas y ninguna es un sí.
Así que, a regañadientes, se pone a estudiar.
No queda otra.
Obvio.
¿Te suena?
Porque lo veo a diario en clase.
Este ejercicio cuesta mucho.
Cierto.
El muelle está muy fuerte.
Pues sí.
Esto es muy cansado.
Correcto.
Y ahora, con todo eso…
¿Qué vas a hacer?
Si no entrenas,
¿te costará menos?
¿Pedimos fuerza por internet?
Dejemos de decir obviedades y vamos al lío.
Haz lo que puedas, hasta donde puedas con lo que tienes.
Ayúdate que yo te ayudaré.
En ese orden.
Mira…
No recuerdo dónde escuché esto, pero me pareció acertado.
«Si la educación le parece cara, pruebe con la ignorancia.»
Pues eso…
Si el ejercicio te parece exigente prueba con la inactividad
Rober
En nuestras formaciones no hablamos de obviedades.
Hablamos de criterio, de base sólida y de construir una profesión que tenga sentido y recorrido.

